tiempos de Pinochet
época del dictadura
Lea Celik Sommerseth Shaw
12/8/20252 min read


tiempos de Pinochet
por Lea Celik Sommerseth Shaw
Hay figuras en la historia que no necesitan presentación porque su sombra llega antes que su nombre. Pinochet es una de ellas.
No lo digo como historiadora —no lo soy— sino como mujer que observa el mundo desde la herencia de los siglos, desde la memoria mediterránea que todo lo aprende por resonancia. A veces basta un solo nombre para sentir que la humanidad se fractura un poco.
Chile, septiembre de 1973: un país que intentaba caminar hacia un futuro distinto, quebrado de golpe por un estruendo metálico, militar, frío. Allende cayendo como cae un sueño que se niega a morir. Y sobre ese silencio, el ascenso de un hombre que gobernó a través del miedo, la desaparición y la violencia.
Pinochet.
Decir su nombre es recordar cómo un solo individuo puede convertir una nación viva en un territorio de sospecha, en un mapa de heridas.
Cada dictadura deja cicatrices, pero la suya dejó también un modo de mirar el poder: duro, impune, casi monástico en su brutalidad.
No viví en Chile, pero aprendí —como aprendemos quienes sentimos el mundo a través del arte y de la memoria— que el dolor no tiene fronteras.
Un desaparecido en Santiago tiene el mismo eco que uno en Estambul, en Buenos Aires, en París.
La ausencia habla un idioma universal.
Pinochet no solo gobernó: diseñó una economía para el mercado y una cultura para el silencio. Convirtió al miedo en política pública. Y aun así, en medio de esa oscuridad, hubo quienes resistieron, quienes escribieron, quienes hablaron aunque su voz temblara. Esos nombres, esos cuerpos, esos hijos y madres, son los verdaderos dueños de la historia.
A veces me pregunto:
¿qué siente un país cuando intenta reconstruirse después de que la violencia se vuelve rutina?
Chile tuvo que aprenderlo en voz baja, entre archivos, entre restos, entre memorias que se negaban a ser enterradas. Y quizá ese acto —recordar— es lo más humano que existe. Porque recordar es negarse a aceptar que la brutalidad es normal.
Pinochet murió sin enfrentar plenamente la justicia.
Pero la justicia real nunca ha sido un tribunal: es la memoria viva de un pueblo que rehúsa olvidar.
Yo no escribo esto como un análisis político. Lo escribo como una mujer que cree en la dignidad humana, que observa el mundo con una mezcla de devoción y desobediencia, que entiende que el arte existe para evitar que la verdad se evapore. Y la verdad, en este caso, es simple y feroz:
El poder sin ética no es liderazgo; es devastación. El miedo no construye países; los pulveriza por dentro.
Y el silencio nunca es neutral.
Por eso hablamos. Por eso escribimos.Para que nombres como Pinochet no vuelvan a confundirse con inevitabilidad histórica.
Para recordar que incluso una sombra larga se rompe cuando una sola persona decide encender una luz.
Lea Celik Sommerseth Shaw
8 Diciembre 2025 Saint Germain Des Pres
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